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Categoría Arte

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Tiempos de Furia: el espiral que se anuda


“Padre Furia, debo largarme pronto, porque empiezo a soñar con navíos vagabundos, como tú también lo hacías.”

Mi primer encuentro con Adán Medellín fue con El Canto Circular. De su frío melancólico nace un vaho denso, que cuando lo exhalas, te arranca una raíz y te deja un pedazo de tierra abandonado, una fosa común para los sueños imposibles.  Mi dealer comentó de una nueva entrega: Tiempos de Furia.

Acepté leer la radiografía de la familia Furia, y mi amigo me prestó su copia. El arponazo  fue rápido y letal. En menos de un día recorrí los retorcidos caminos de la ira, el incesto, rencor, psicosis, amor enfermo y muerte.  J. Furia, el patriarca. Sus hijos: Alonso, Martín, Arturo y Sofía; los nietos: Gabino, Sergio, Sabina, Martín hijo, Daniel y Héctor Furia. Y los lugares donde la herencia se diluye y desvanece, los bisnietos: Mauro, Clara, Andrés y Diego. La genealogía patológica. Todos ellos son los apóstoles de aquellos demonios, que en la intimidad insomne de nuestras nocturnas paredes no nos dejan dormir. Fue un gancho de carnicero en mi cerebro, mi esternón.

tiempos de furia adan medellin

La derrota es la línea que cruza esta novela hecha de cuentos. La derrota afilada contra nuestros errores, nuestra familia, nuestra inalcanzable redención, donde el destino es una maldición anunciada.

La tinta de este libro es sangre gangrenada, músculo putrefacto,  su autor, un perito forense.  Es un trozo de carne cubierto de rocío al sol, acordeón de moscas. Un canto ebrio de cicuta de una costilla a otra. Corta, inspecciona, ve de cerca las lesiones atroces, sin conmoverse. Su trabajo no es vendernos la tragedia, solo darnos los hechos en toda su crudeza, con un realismo feroz, para nosotros juzgar el origen del crimen. Él no se inmuta, detallando heridas aprendes a no trastornarte por ellas.

La semilla de los Furia es un hombre con una herida mortal, agonizando, lo observas esperando su muerte, tapándote la mitad del rostro con un pañuelo.  Medellín no uso guantes ni cubreboca.  La precisión casi médica de la narración la lleva a niveles escalofriantes. Su bisturí, un cuchillo ritual, me metió un tajo.  Minucioso, nos revela nuestra naturaleza, que somos carne sangrante y efímera.

Después de leerlo, termine comprando cinco ejemplares, porque esas palabras son llaga y exorcismo. Si tiene una historia familiar tormentosa, léalo con discreción, porque le abrirá de una patada su caja de Pandora personal y hará temblar los más íntimos cerrojos de sus válvulas cardiacas. Es un doloroso golpe de hacha en el pecho.

niebla tabares

“Lo confieso, Padre, no sé si podré soportarlo, no sé si esta carne me alcance y no es por cobardía (…) Pero Padre, lo confieso aunque Tú lo sabes (…) la sangre resbala fácil en las manos, se diluye en el agua (…) Acuérdate que dejaste a tu Hijo solo, y Él fue crucificado y muerto y ascendió a los Cielos y para nacer debió haber gran muerte, y Raquel lloró endechas por sus hijos.” En su febril mística Martín hijo habla con Dios o el padre, para él, como para muchos, ambas figuras son espejos uno del otro, el mismo juez y verdugo.

No esperen una crónica gore y escandalosa, la literatura de Adán Medellín tiene una gélida elegancia que, a pesar de ser un joven autor, es una parte ya madura y característica de su obra. Su prosa sobria contrasta el salvaje silencio que se vive entre Noreste y Tabares, infiernos seminales de la estirpe Furia. Habla de una violencia implícita, velada, aquella que en toda familia existe en sus rincones llenos de polvo, donde el brillo de unos ojos de perro negro nos observan. Es un libro muy cercano, demasiado para algunos de nosotros.

Tiempos de Furia es un puño bajando por la garganta, aprieta tus vísceras y jala.  Si quieren una narrativa que les provoque una colisión entre el corazón y el estómago, este es su libro.

“Soy el hombre que dispara por la espalda, el que incendia su casa en silencio. Soy el héroe.” Mauro Furia.

Por: Penélope Rascón

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Grana Cochinilla, la otra sangre de México


Pencas de nopal, sobrias, soberbias, con la cara al sol. Sus espinas se mueven lento, sienten el cosquilleo de la sangre de tuna, nocheztli, la muy cochinilla carmín buscando a su mujer para amarse. Bien dicen que la belleza solo emana de aquello que nace del amor, y ellas seducen con tiempo la sedosa piel esmeralda. Los insectos motean de blancura aterciopelada los nopales, símbolo inequívoco de un criadero de grana cochinilla, origen del embriagante color.

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La grana cochinilla es un pequeño insecto que gusta de los nopalitos. Vive en ellos, se reproduce en ellos, muere en ellos. La verdad sea dicha, su forma de actuar lo asemeja a un parásito. A partir de alimentarse de nopal, transforma su pulpa en colorante: ácido carmínico.

La primera vez que conocí el púrpura de la grana cochinilla, literalmente grité de la emoción. Mirar como emana el bellísimo tinte granate del pequeño insecto es mágico. Debo recordarles que los insectos no tienen un sistema circulatorio; es decir, si bien parece que sangran, ellos no tienen sangre: la tinta es su creación.

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Gracias al dios insecto conocí al artista Edgar Trujillo, un oaxaqueño de cepa que me enseñó todo sobre los que sé de la grana cochinilla. Miraba sus pinturas en la antesala del Centro Banamex, perplejo de la belleza y la forma en que el color se aferra al lienzo. Edgar me explicaba con paciencia cada detalle; amoroso y amante del pequeño insecto, se transformó en él, llevándome de la mano por un mundo que desconocía. La delicada marca rojiza de su pincel, honrando la Guelaguetza, me conmovió los lagrimales, y la imagen purpura se mezcló con agua salada en mis ojos. Como esta fiesta en su tierra, el me compartió en el baile de su pintura un regalo. Fascinado, vi la metamorfosis del color en manos del brujo pintor, que en ácido es tinte sanguíneo y en una solución básica, violeta azulado.

rancho la nopalera

Tuve la gran dicha de conocer el rancho donde se lleva a cabo la crianza de la grana cochinilla, en San Bartolo, municipio del estado de Oaxaca.  Al entrar al Rancho La Nopalera, sentí el dulce beso del aire transparente. Una chiva, dos gallinas vagabundas, cientos de orgullosos nopales. Conocí al ingeniero Manuel Loera, encargado de todo lo técnico relacionado a la grana cochinilla, y también conocí a Bobby, un perro galán. Con su alquimia hermanan la naturaleza y la vida en este pigmento, con valor de oro para los tlatoanis y europeos, tan codiciado que en el siglo XVII su adulteración, bajísima afrenta, se castigaba con tortura corporal y destierro. En mis dedos rodé cuidadoso un granito, maravillado.

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Toda esa tarde recorrí las venas de Oaxaca; su historia en el rojo carmín, en el púrpura, el azul añil, el dorado tornasol de la cúrcuma. Reímos lo suficiente como para acalorar al sol, que ese día clamaba fuerte su presencia. No importaba, el proyecto de la grana cochinilla no se detendrá. Seguirá creciendo en los nopales, en los lienzos del artista Edgar Trujillo, en los vinos que se pintan, en las telas que vestimos, en la historia y en nuestras venas tan mexicanas como los nopales.

Por Viko Lukániko y Penélope Rascón

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