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Haitianos en Mexicali: historias de paso


Centenares de haitianos se encuentran varados en la ciudad de Mexicali, en su interrumpido intento de conseguir asilo en Estados Unidos. Ante la incertidumbre de su futuro, sobreviven bajo el techo y cuidado de albergues en la ciudad, especialmente aquellos ubicados en la zona centro – la famosa zona tango – donde se han incluido en el crisol de historias que confluyen a diario.

Vestidos con ropa deportiva donada, han tomado algunos cruceros para vender chicles u otros objetos. Tanto su color de piel, su idioma como sus creencias han generado un sinnúmero de reacciones en los locales; desde auténticos actos de bondad, simple curiosidad de los automovilistas hasta un recién descubierto sentimiento racista de ciertos pobladores.

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Te presentamos la historia Vivian Nicholas, una joven haitiana que emprendió su viaje por obligación, porque el peligroso trayecto era el camino más seguro para su futuro. Hoy se encuentra en Mexicali por tiempo indefinido; es posible que mañana se mueva a otra ciudad o que encuentre en el desierto el fin de su travesía, y con ello principie su nuevo hogar.

Si la sonrisa fuera otro ingrediente

Vivian se levanta cada mañana a las 4:45 de la mañana. A esa hora, arrecia un frío invernal en el desierto, el cual aleja con una chamarra y un gorro bordado con las siglas SD – San Diego. Se prepara para entrar a la cocina, su lugar de trabajo. Afuera, la zona centro de Mexicali ya luce completamente despierta.

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Camina hasta una pequeña cocina improvisada que instalaron los administradores del Hotel del Migrante. Allí prepara recetas haitianas que vende para obtener un ingreso. Prende el mechero. Vierte los frijoles en una olla, luego la cubre de arroz. Inmóvil, siente el ardor del fuego. Le sienta bien ese calor untado en la piel, una sensación que por momentos le recuerda un día normal en su natal Haití.

Desde que comprendió que conseguir asilo en Estados Unidos no será fácil, poco a poco Mexicali se vuelve su nueva realidad, su nuevo hogar. No hay vuelta atrás. En Haití no queda nada; vendió muebles, terrenos, todo. Guarda silencio, si hay algo atrás: sus hijos que aguardan el día que su madre pueda pagar el viaje para reunirlos, para estar en familia.

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Hoy los ingredientes a la mano permiten cocinar un estofado de res acompañado de col, chayote, espinaca y zanahoria. Utiliza poco chile, ya que les parece demasiado agreste al paladar. Una gran mayoría de los clientes son sus propios compatriotas. Dos desfilan por la entrada, sonríen sin perder su penetrante mirada. Se sientan en la mesa y dialogan en francés.

Vivian cobra 40 pesos por cada platillo. Sonríe agradecida. Sueña con seguir el camino, abrazar a sus hijos, terminar su carrera en ingeniera mecánica. Por eso sonríe, porque esos 40 pesos son importantes. Se siente bien trabajando, con poder. Mañana de nuevo el arroz con frijoles. Mañana de nuevo a luchar desde las 4 de la madrugada por su sueño.

Viko Lukániko

Viko es norteño. Ama la cerveza altamente lupulosa y la vida al máximo. En la mañana gusta de bailar hasta saciarse, siempre acompañado de una buena taza de café.

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