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Camellos, Yaks y Ovejas en el Bazar de Kashgar – 1ra Parte


Me encuentro en el famoso bazar de ganado de Kashgar, China. Famoso porque en estas mismas tierras desde hace más de 2,000 años, los habitante de esta región llegan a comerciar vacas, camellos, ovejas, burros y yaks. A cada 2 metros que camino, parecen cerrarse tratos entre hombres que conocen su mercancía y otros que muestran un gran interés en adquirirla. Hombres vestidos con gruesos abrigos negros de lana y sombreros vistosos que delatan su procedencia: Uzbekistán, Kirguistán, China y Rusia (de los que pude identificar). Acarician y arrean con orgullo y felicidad a las nuevas adquisiciones que acaban de lograr. Muchos de estos animales terminan encima de la caja de una camioneta acondicionada con comida para el ganado. viajes por china

Prevalece el olor a ganado, entre muchos otros olores nuevos para mí. De los que puedo identificar claramente es el de cabello de ganado mojado, excremento y el de un sustancioso caldo de res. Cierro los ojos y me guío por los sonidos; atrás de mí, escucho un burro rebuznar, frente a mí, un caballo galopando a una distancia peligrosamente cercana, y a mis lados un coro de ovejas que no dejan de balar.

Siento a las ovejas cada vez más cerca de mí, incluso puedo sentir que el aire se caliente un poco por el calor que ellas emiten. Finalmente escucho – !Bosh-bosh! – como si alguien me estuviera gritando al oído. Abro mis ojos y efectivamente tengo a una persona gritándome ¨bosh-bosh¨, que quiere decir abran camino. Quiere que le de oportunidad de pasar con su rebaño.

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Fotografía por Annika Wachter

Definitivamente no es un lugar apto para los defensores de animales; todos ellos parecen estar un poco desconcertados. En una camioneta observo cómo un grupo de 4 personas cargan a un burro que se resiste a ser alejado de su antiguo dueño. Es una costumbre de muchos años y les funciona, o al menos eso me confirma Lee.

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Fotografía por Annika Wachter

Mi amigo Lee es un chino oriundo de Pekín. Amigable y risueño, habla bastante bien el inglés. A Lee lo conocimos en el hostal de Kashgar, y ese día nos hizo el favor de acompañarnos. Le pedí que me ayudará a entablar una conversación con uno de los comerciantes. Para mi sorpresa me contestó: Ojalá que ellos hablen mandarín, casi todos aquí parecen hablar uigur, que es la lengua común aquí en la provincia de Sinkiang.

Aunque es parte de China, esta provincia en particular comparte mucho más lazos culturales con los países vecinos, entre ellos su lengua. De hecho la religión que prevalece en la provincia de Sinkiang es el Islam, misma razón por la que sospecho que no he visto cerditos a la venta; en el Islam comer cerdo está prohibido y condenado por considerarse alimento no apto para humanos.

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Fotografía por Annika Wachter

Lee encuentra a un comerciante de camellos llamado Erkin y me ayuda a traducir mis preguntas.

– ¿Cuanto cuesta un camello?¨, le preguntó.

– Depende del camello que quieras, pero por ejemplo éste de aquí, que se ve bueno te sale alrededor de 1,900 dólares – me contesta.

Pongo una cara irrefutable de sorpresa, de esas caras que pones cuando decides invitar la cena y te llega una cuenta de miedo e inmediatamente te arrepientes de haber hecho tal oferta. Creo que mi reacción fue tan obvia, que mejor me ofreció otras opciones,

– Pero si se te hace caro pues te puedes llevar una vaca por 640 dólares o un yak por 480 dólares o de perdida una oveja por 220 dólares. – dijo el comerciante.

Definitivamente un yak como souvenir sería muy inconveniente, sumado a los trámites de visas para traerlo a México serían una reverenda pesadilla. Lee le comenta a Erkin mi reflexión y suelta una carcajada. Después veo que le dice algo al oído y me voltea a ver.

– Dice Erkin que si no te alcanza para un animal completo, quizá tu mejor opción es que lo compres en pedazos. Quizá no los puedas montar, pero saben ricos, sobre todo la res con fideos hechos a mano. – me dice Lee.

Eso, eso era el olor que percibí al entrar.

– Pues vamos para allá Lee, dejemos a estos buenos hombres hacer negocio y dirijamos nuestras pisadas al área de comida.” – lo apuro con un crujido de panza que interpreto como hambre.

Primera parte de la crónica de Roberto Gallegos

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Los pinos salados: Memoria de una ruina triste


Nadie conoce realmente al pino salado; después de esos árboles que nosotros llamamos yucatecos (Ficus nítida o Laurel de Indias) el pino salado es uno de los árboles con mayor presencia en la ciudad de Mexicali. Sin embargo, esto de la presencia es algo dudoso. Aunque el pino salado es ubicuo, dicha ubicuidad es inusitada: aunque se encuentran por todas partes (camino a San Luis, R.C., camino al Valle de Mexicali, camino al aeropuerto, literalmente insertos en casas, en lotes baldíos en la zona centro de la ciudad), es como si no estuvieran. No tiene la majestuosidad del yucateco, ni la apariencia californiana de las palmeras; no decora los patios de las casas ni es mantenido por sus dueños, igualmente ausentes. En realidad, se trata de un árbol…feo.

Pinos Salados Mexicali

Fotografías de Amadís Lara

Pero no es una fealdad grotesca o morbosa; es una fealdad desapercibida, anónima. Lo feo como algo prescindible, anodino, más que como algo que exige la atención. La ubicuidad del pino salado se une al caso omiso al que lo sometemos cada vez que estamos frente a él. No sucede lo mismo con los robles, no sucede lo mismo con los eucaliptos, sucede todo el tiempo con los pinos salados.

Es un árbol cuya personalidad se confunde con el entorno; es silvestre, casi como si se tratara de hierba mala. Los sitios que lo acogen permiten que se desplaye sin fin, o simplemente lo queman o cortan abruptamente. A diferencia de los dos árboles mencionados, al pino salado no lo incluyen en ese tipo de proyectos de diseño decorativo de jardines que tan comúnmente vemos en los escaparates comerciales de la ciudad, así como en los nuevos complejos residenciales que asestan los linderos de Mexicali y su Valle.

Es un árbol que simplemente está ahí. ¿Y dónde está?

Curiosamente, lo encontramos con mayor frecuencia en los lugares aun no urbanizados de la ciudad, en las orillas de los ríos, cercanos al agua; sin embargo, en la zona urbana, se encuentra alojado en tres sitios específicos: en los lotes abandonados de las distintas zonas residenciales de los primeros cuadros de la ciudad y en la zona centro, en los predios de comercios no formales (talleres mecánicos, llanteras, etc.) y en las casas que forman parte del escaparate visual de la zona denominada como Río Nuevo.  Muchas casas de familias con escasos recursos tienen un pino salado.  Es el hogar para muchos indigentes, el resguardo de todo aquello que se abandona: personas, muebles, mascotas callejeras.

 

Son pocas las veces que estos árboles son cortados, confeccionados, “conducidos” por la tijera y el machete de los jardineros, para armonizar su crecimiento. Estos son árboles cuyo desenvolvimiento y expansión es lo más natural posible. En cierta medida, su forma, aludiendo a Deleuze y Guattari, traza un desplazamiento “rizomático”: sus ramas asumen caminos y se apropian del territorio de manera irregular. Muchas veces, no sabes dónde comienza y dónde termina un pino salado. Hay algunos que se expanden hacia los lados como si fueran un enorme arbusto; otros se permiten crecer hacia arriba pero de todas formas se desparraman o escalan sin rumbo fijo; hay pinos cuyos troncos se despliegan en los lotes baldíos con sus raíces protuberantes. Sus raíces se entrelazan con pliegues y pliegues de basura, como si fueran parte de lo mismo.

Otros, se suspenden de las orillas de las casas que se encuentran en las faldas del llamado Río Nuevo, como si fueran símbolos de una suerte de resistencia social y política. Son acompañados por estructuras de neumáticos reciclados que sirven de soporte para dichas casas, algunas de éstas las encontramos entremezcladas con los troncos de estos árboles.  Ésta zona en particular, este escenario de resistencia natural y urbana, está a punto de desaparecer.

pino salado mexicali

El pino salado es de un verde grisáceo, opaco; acumula el polvo de la ciudad y del desierto, lo que le da una apariencia poco presentable; no es reluciente como otra vegetación; su hoja es seca y –obviamente—salada, y al parecer se alimentan de la poca agua que recogen de las precipitaciones, o de las afluentes subterráneas de los ríos en la zona, ya que pocos son mantenidos por quienes los resguardan en sus aposentos. Nadie riega estos árboles.

La presencia del pino salado en el imaginario mexicalense es ineludible; sin embargo, dicha condición no necesariamente los hace visibles. Esta es una metáfora atinadísima de la dinámica sociocultural de mi entorno: Mexicali es, en cierta medida, un lugar y una cultura que pasa desapercibida en el imaginario postmoderno, una ciudad de planicies y horizontes cuya belleza reside, exclusivamente, en la mirada imaginativa del espectador.

 

* * *

 

Lo cierto es que no sé cuándo comenzó esta relación amorosa con el pino salado, o, mejor dicho, qué elementos de indagación científica son los que me impulsaron a conocer aquello que veo en las calles, lotes baldíos, orillas de la carretera, un ser impávido, absorto, mal querido.

Reconozco que no soy impulsado por una indagación científica que me pudiera arrojar datos sólidos, comprobables y evidenciales de 1. Lo que es un pino salado; 2. Sus orígenes, su nombre botánico, sus características generales; 3. Su trayectoria histórica y su posible devenir como parte del ecosistema de una región. Los considero conocimientos ya establecidos, y creo que busco la inestabilidad, la turbación y el replanteamiento del conocimiento que tenemos sobre estos árboles en Mexicali. Lo que busco, por lo tanto, es la producción de una creencia: convertir al pino salado en el protagonista principal de la estética de Mexicali, ficcionalizándolo, a éste y a su vida, a la relación que actualmente tiene en el entorno, porque considero (y quizá sea muy ingenuo en esto, pero creo que los procesos creativos no pueden desligarse de esa fase inicial de asombro puro de donde se desprenden las ideas) que el conocimiento que genera es estático, no conduce a la acción, tiene un carácter enciclopédico y concluyente que no me permite, y por lo tanto creo que tampoco le permitiría a un espectador, repensar al objeto.

Por lo tanto, me pregunto: ¿puede la ficción producir una creencia, un mito, o por lo menos un apaciguamiento de la duda, en este caso, con respecto a la (posible) relación que tienen los espectadores de mi localidad con los pinos salados?, ¿podría producirse un hábito en torno a estos árboles, que emane de la re-presentación que haré de los mismos? Esta es una de las segundas articulaciones de esta aventura, la de pensar cómo, en el terreno de la ficción, pudiera producirse una creencia. Sé que se puede, de hecho, considero que la ficción en ocasiones opera con mayor sensibilidad en la producción de creencias y hábitos (pienso de nuevo en mi abuela, pienso inmediatamente en los relatos que van construyendo nuestro imaginario de terrores y temores desde la infancia), pero necesito averiguar cómo hacerlo con un protagonista tan difícil de asir, como lo es el pino salado. Digamos, en cierta forma, que este árbol es para mí lo que para los novelistas de principios del siglo xx fue el common man: Bartleby, Leopoldo Bloom, Ulrich, quizá incluso los pobres diablos que Kafka convirtió en cucarachas con destinos grises.

Es por ello que considero importante revelar a los pinos salados como personajes, caracterizándolos, dotándolos de una determinada personalidad, una animación, quizás, que devuelva al espectador a su aspecto turbador. Porque son turbadores, son elementalmente anárquicos y se mantienen, de pie, con la dignidad del guerrero derrotado.

 

Fragmento del libro:

Los pinos salados: Memoria de una ruina triste

Alejandro Espinoza

(ed. Pinosalados, 2016) …..E S P É R E N L O

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6 Murales ocultos en el Centro de la CDMX


Conoce algunos de los murales ocultos en la zona Centro de la Ciudad de México. Uno necesita andar atento para encontrarlos; no hacer caso a payasos carrilleros, vendedores de colesterol, profetas del apocalipsis, vagabundos alivianados y músicos frustrados. Las obras te miran, esperan pacientes en los muros del Centro de la gran Tenochtitlán.

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