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Le Goremet: Gastronomía para estómagos fuertes


Después de los casos de caníbales como Armin Meiwes, el cual buscó deleitarse con su amante en una carnicería humana consensuada (cuentan que la cinta del acto es el Santo Grial del fetish y el gore) y del escandaloso caso de pretensiones antropofágicas de Gilberto Valle, el Girlmeat Hunter, uno se pregunta qué fascinación tenemos por la sangre y carne humana, al grado de avalar tendencias como el comer la placenta recién bienvenido el infante al mundo y la creación (y desaparición por causas misteriosas) del Human Tofu, o hufu.

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Debido a la dificultad de conseguir restos humanos en estado adecuado para su consumo, haremos un decálogo con uno de los fluidos mas mitificados del mundo: la sangre. Retomando la humana, se le han atribuido poderes sobrenaturales, tales como subyugar a un hombre a través de alimentarlo con hogazas de pan amasadas con sangre menstrual, o rituales vudú que hacen caer en el infierno de la lujuria a cualquier mortal, tal como le paso a Gauguin, quien de no ser por la buena voluntad de una bruja, hubiera devorado una dulce guayaba impregnada de la humedad sanguínea de una mulata.

Junto al agua y el fuego es el elemento más usado en la magia, por la creencia de ser recipiente de la esencia del alma humana en su composición, que no sabemos de cierta, pero si conocemos de su importancia a la hora de hacer compromisos, como el ritual gitano de bodas, en el cual los cónyuges se hacían cortes en forma de cruz en sus muñecas y las unían para establecer su matrimonio. Las firmas con sangre de las venganzas, pactos de honor, guerras y otros trámites siguen siendo más poderosas que su huella en tinta.

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En la historia de la gastronomía, que en gran parte es historia de la pobreza, el recurso limitado del alimento orilló a los cocineros a utilizar todas y cada una de las partes del animal. En México preparamos la moronga, en la cual un vaquero corta el cuello de una res, tras lo cual pega sus labios a la yugular todavía palpitante, y entre los estertores del animal, degusta si la sangre es de buena calidad, para después dejarla caer caliente en cubetas, dejando a temerarias cocineras la tarea de inhalar el vapor sanguíneo mientras la fríen con cebolla y especias.

Se utiliza como espesante en diversos guisos, principalmente carnes de caza, como el conejo o el venado, dándoles ese particular bouquet metálico tan apreciado en la cocina europea, especialmente la británica.

black puddin

Tenemos el boudin noir en la cocina belga, francesa y en su variante americana dentro de la cocina cajún, la black pudding del english breakfast, la blutwurtz alemana y la morcilla de Burgos altamente promovida por toda España. En Hungría se desayuna sangre cocida, si el animal se sacrificó esa mañana. En Asia, además del tofu de sangre, se considera la sangre de algunas serpientes como afrodisíaca, sirviéndose en un shot con aguardiente de arroz. Si se desea algo verdaderamente potente para situaciones desesperadas, se puede incluir el corazón del reptil, debiéndose consumir de un solo golpe mientras continúa latiendo. Y no fueron los belgas sino los italianos, quienes osaron inventar el sanguinaccio dolce, chocolate con sangre, que ha de provocar temblor entre los muslos en las mujeres indiferentes.

plato de sangre

De su variante horneada encontramos los pasteles de sangre escandinavos, elaborados con cebada y cerveza, deliciosos servidos con arándanos ácidos, o los pancakes de sangre finlandeses, que se acompañan gustosos con un buen trozo de charcutería de reno.

Su uso más perturbador quizá sea como aliño en tiempos de escasez de sal, agregándose a cualquier platillo que amerite el sazonador. La sal de la vida, literalmente.

No necesitamos explorar nuestras tendencias vampíricas para disfrutar de la sangre, reconocida como el vehículo de las pasiones, podemos sentir esa misma esencia en el sudor de las manos, que calentadas desde las venas y el palmoteo, preparan tortillas de maíz en un modesto comal, en el masajear de la carne del pavo en Navidad, o en el sonrojo en los labios y mejillas de quien prepara un platillo para su amante, con intenciones de canibalismo sexual.

Por: Penélope Rascón

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Tiempos de Furia: el espiral que se anuda


“Padre Furia, debo largarme pronto, porque empiezo a soñar con navíos vagabundos, como tú también lo hacías.”

Mi primer encuentro con Adán Medellín fue con El Canto Circular. De su frío melancólico nace un vaho denso, que cuando lo exhalas, te arranca una raíz y te deja un pedazo de tierra abandonado, una fosa común para los sueños imposibles.  Mi dealer comentó de una nueva entrega: Tiempos de Furia.

Acepté leer la radiografía de la familia Furia, y mi amigo me prestó su copia. El arponazo  fue rápido y letal. En menos de un día recorrí los retorcidos caminos de la ira, el incesto, rencor, psicosis, amor enfermo y muerte.  J. Furia, el patriarca. Sus hijos: Alonso, Martín, Arturo y Sofía; los nietos: Gabino, Sergio, Sabina, Martín hijo, Daniel y Héctor Furia. Y los lugares donde la herencia se diluye y desvanece, los bisnietos: Mauro, Clara, Andrés y Diego. La genealogía patológica. Todos ellos son los apóstoles de aquellos demonios, que en la intimidad insomne de nuestras nocturnas paredes no nos dejan dormir. Fue un gancho de carnicero en mi cerebro, mi esternón.

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La derrota es la línea que cruza esta novela hecha de cuentos. La derrota afilada contra nuestros errores, nuestra familia, nuestra inalcanzable redención, donde el destino es una maldición anunciada.

La tinta de este libro es sangre gangrenada, músculo putrefacto,  su autor, un perito forense.  Es un trozo de carne cubierto de rocío al sol, acordeón de moscas. Un canto ebrio de cicuta de una costilla a otra. Corta, inspecciona, ve de cerca las lesiones atroces, sin conmoverse. Su trabajo no es vendernos la tragedia, solo darnos los hechos en toda su crudeza, con un realismo feroz, para nosotros juzgar el origen del crimen. Él no se inmuta, detallando heridas aprendes a no trastornarte por ellas.

La semilla de los Furia es un hombre con una herida mortal, agonizando, lo observas esperando su muerte, tapándote la mitad del rostro con un pañuelo.  Medellín no uso guantes ni cubreboca.  La precisión casi médica de la narración la lleva a niveles escalofriantes. Su bisturí, un cuchillo ritual, me metió un tajo.  Minucioso, nos revela nuestra naturaleza, que somos carne sangrante y efímera.

Después de leerlo, termine comprando cinco ejemplares, porque esas palabras son llaga y exorcismo. Si tiene una historia familiar tormentosa, léalo con discreción, porque le abrirá de una patada su caja de Pandora personal y hará temblar los más íntimos cerrojos de sus válvulas cardiacas. Es un doloroso golpe de hacha en el pecho.

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“Lo confieso, Padre, no sé si podré soportarlo, no sé si esta carne me alcance y no es por cobardía (…) Pero Padre, lo confieso aunque Tú lo sabes (…) la sangre resbala fácil en las manos, se diluye en el agua (…) Acuérdate que dejaste a tu Hijo solo, y Él fue crucificado y muerto y ascendió a los Cielos y para nacer debió haber gran muerte, y Raquel lloró endechas por sus hijos.” En su febril mística Martín hijo habla con Dios o el padre, para él, como para muchos, ambas figuras son espejos uno del otro, el mismo juez y verdugo.

No esperen una crónica gore y escandalosa, la literatura de Adán Medellín tiene una gélida elegancia que, a pesar de ser un joven autor, es una parte ya madura y característica de su obra. Su prosa sobria contrasta el salvaje silencio que se vive entre Noreste y Tabares, infiernos seminales de la estirpe Furia. Habla de una violencia implícita, velada, aquella que en toda familia existe en sus rincones llenos de polvo, donde el brillo de unos ojos de perro negro nos observan. Es un libro muy cercano, demasiado para algunos de nosotros.

Tiempos de Furia es un puño bajando por la garganta, aprieta tus vísceras y jala.  Si quieren una narrativa que les provoque una colisión entre el corazón y el estómago, este es su libro.

“Soy el hombre que dispara por la espalda, el que incendia su casa en silencio. Soy el héroe.” Mauro Furia.

Por: Penélope Rascón

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Ruta Mezcalera en San Felipe Torres Mochas


Existe un rincón en el altiplano mexicano donde crece el agave a diestra. Su municipio se conoce formalmente como San Felipe, pero de cariño le decimos San Felipe Torres Mochas. Ahí, el menú diverge entre rata de campo en adobo, salsa de xoconostle, fruto de garambullo, mermelada de borrachita (flor de la biznaga) y unos buenos tragos de mezcal.

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