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Grana Cochinilla, la otra sangre de México


Pencas de nopal, sobrias, soberbias, con la cara al sol. Sus espinas se mueven lento, sienten el cosquilleo de la sangre de tuna, nocheztli, la muy cochinilla carmín buscando a su mujer para amarse. Bien dicen que la belleza solo emana de aquello que nace del amor, y ellas seducen con tiempo la sedosa piel esmeralda. Los insectos motean de blancura aterciopelada los nopales, símbolo inequívoco de un criadero de grana cochinilla, origen del embriagante color.

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La grana cochinilla es un pequeño insecto que gusta de los nopalitos. Vive en ellos, se reproduce en ellos, muere en ellos. La verdad sea dicha, su forma de actuar lo asemeja a un parásito. A partir de alimentarse de nopal, transforma su pulpa en colorante: ácido carmínico.

La primera vez que conocí el púrpura de la grana cochinilla, literalmente grité de la emoción. Mirar como emana el bellísimo tinte granate del pequeño insecto es mágico. Debo recordarles que los insectos no tienen un sistema circulatorio; es decir, si bien parece que sangran, ellos no tienen sangre: la tinta es su creación.

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Gracias al dios insecto conocí al artista Edgar Trujillo, un oaxaqueño de cepa que me enseñó todo sobre los que sé de la grana cochinilla. Miraba sus pinturas en la antesala del Centro Banamex, perplejo de la belleza y la forma en que el color se aferra al lienzo. Edgar me explicaba con paciencia cada detalle; amoroso y amante del pequeño insecto, se transformó en él, llevándome de la mano por un mundo que desconocía. La delicada marca rojiza de su pincel, honrando la Guelaguetza, me conmovió los lagrimales, y la imagen purpura se mezcló con agua salada en mis ojos. Como esta fiesta en su tierra, el me compartió en el baile de su pintura un regalo. Fascinado, vi la metamorfosis del color en manos del brujo pintor, que en ácido es tinte sanguíneo y en una solución básica, violeta azulado.

rancho la nopalera

Tuve la gran dicha de conocer el rancho donde se lleva a cabo la crianza de la grana cochinilla, en San Bartolo, municipio del estado de Oaxaca.  Al entrar al Rancho La Nopalera, sentí el dulce beso del aire transparente. Una chiva, dos gallinas vagabundas, cientos de orgullosos nopales. Conocí al ingeniero Manuel Loera, encargado de todo lo técnico relacionado a la grana cochinilla, y también conocí a Bobby, un perro galán. Con su alquimia hermanan la naturaleza y la vida en este pigmento, con valor de oro para los tlatoanis y europeos, tan codiciado que en el siglo XVII su adulteración, bajísima afrenta, se castigaba con tortura corporal y destierro. En mis dedos rodé cuidadoso un granito, maravillado.

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Toda esa tarde recorrí las venas de Oaxaca; su historia en el rojo carmín, en el púrpura, el azul añil, el dorado tornasol de la cúrcuma. Reímos lo suficiente como para acalorar al sol, que ese día clamaba fuerte su presencia. No importaba, el proyecto de la grana cochinilla no se detendrá. Seguirá creciendo en los nopales, en los lienzos del artista Edgar Trujillo, en los vinos que se pintan, en las telas que vestimos, en la historia y en nuestras venas tan mexicanas como los nopales.

Por Viko Lukániko y Penélope Rascón

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